Monday, April 23, 2012

Calabozos y dragones


Como cada Sant Jordi, cavilaba qué libro puede llevarse uno cuando va a ser devorado por un dragón.  Manual del parrillero criollo, asado para todos, queda descartado; Cazadores de Dragones, sobre el inicio de la paleontología, como para demostrarle al comensal que en realidad ya se extinguió y que engullírselo a uno no hará que el jurásico vuelva, es más viable. En ese sentido el Paraíso perdido tal vez ayude un poco. La pregunta es más extraña que aquel juego sobre qué libro se llevaría a una isla desierta. Y si usted náufrago lector ha sentido la misma inquietud lectora al momento de ver Titanic 3D, déjeme aumentar unas minucias el grado de dificultad.

¿Qué libro llevarse al ir a parar a una cárcel?

A esa disyuntiva se tuvo que enfrentar hace un par de años el humilde hacedor de este blog luego de que, san Jorge tuviera bien enredarlo en su ámbito de competencia. Resulta que gracias al radio despertador que cambia diariamente de decisión sobre cuándo prenderse, una mañana me sorprendí con el dulce acento otomí de una mujer que hablaba sobre las dificultades que tuvo para acabar la secundaria, y lo oneroso de los libros de la prepa. Ya no recuerdo si se trataba de Teresa o de Alberta, una de las dos mujeres que fueron injustamente acusadas, injustamente enjuiciadas  e injustamente  sentenciadas por (ellas solitas) someter, retener y darle de zapes a siete agentes de la AFI. Total que ya llevaban tanto tiempo en la cárcel que se pusieron a estudiar, hasta la secundaria terminaron  y una de ellas fue mamá.  En lo que su caso pasaba de una corte a otra, de una mesa de análisis a otra, de un reportaje a otro, el paso siguiente era estudiar la preparatoria que resultaba inalcanzable por los 250 pesos de los libros requeridos.

Claro que varios oyentes de inmediato decidimos donar esos libros y al final del noticiario de radio donde oí todo, decenas de madrugadores radioescuchas estábamos de ofrecidos. Fuimos tantos que el conductor Carlos Puig dijo al aire que ya éramos demasiados, que por favor le bajáramos tres rayitas a nuestro entusiasmo educador. Tons, fiel a mi cruzada anual de regalar libros y rosas desde que conociera tan libertaria tradición, raudo me conecté a la red de un vecino para escribir al noticiero y proponer, que no se rechazara ningún ofrecimiento, que faltaba un mes para el 23 de abril, día de sant Jordi; que podíamos aprovechar para donar libros, no solo para Teresa y Alberta, o para su pequeña hija a quien podrían leerle cada noche en su celda; sino para todas esas mujeres que con justicia o no estaban ahí,  para los otros niños que también estaban detrás de aquellos muros. San Jordi, como siempre es una gran oportunidad para expandir libro a libro los límites del universo civilizado. Carlos Puig, sin duda inteligente, pero además con ancestros catalanes de inmediato notó la oportunidad que teníamos. Al final de la emisión el mismo Puig mencionó mi propuesta al aire. Y así comenzó una serie de pequeñas complicidades, anónimas solidaridades y adherencias de páginas provenientes de incontables vidas inconexas entre sí. El entusiasmo corrió y se convirtió en anuncios sonoros, menciones en programas y una colecta el mismo 23 de abril en la Feria del Libro y la Rosa en el campus de la UNAM. Editorial Santillana se agregó donando los estantes que convirtieron una ocurrencia matinal en una biblioteca en forma. San Jorge y el destino hicieron que en esos días me topara en un mercado de la zona de Mixcoac con un libro del siglo XIX en catalán que, evidentemente, opté por regalar al propio Carlos Puig. Pero también  me enfrenté a qué regalar para aquella biblioteca en gestación. Sobre todo porque no creo aquello de que leer cualquier libro enaltece; tal vez fue cierto cuando todos los libros que se imprimían habían sido elegidos para formar parte del arca del pensamiento.

Pero viendo que en el top ten de las cadenas de librerías están El monje que vendió su Ferrari, ¿Quién se ha llevado mi queso? y, Cómo casarse tipo bien, hay que pensárselo dos veces antes de regalar algo impreso. Por lo mismo la optimista afirmación de que leer acaba con la necesidad de ir y descabezar al sicario contrario es por demás tan tierna como falaz. Leer Mi lucha está lejos de apaciguar cualquier espíritu saturado de odio.
Días más tarde de la colecta el magistrado presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, instruyó a su secretario a que enviara “con carácter de urgente, un telegrama” (sic) ordenando la inmediata liberación de Alberta y Teresa. El “telegrama” seguramente llegó, porque ambas fueron liberadas antes de que pudieran ver la nueva biblioteca que hasta aquella cárcel queretana trasportó un par de camionetas de Televisa y W radio. En total y entre todos juntamos poco más de seis mil libros.
En mi caso opté por seis títulos. Cosmos, de Sagan; Sabor a chocolate, de Juan Carlos Carmona; El manual del ciudadano moderno, de Antaki; Ética para Amador de Savater; El arte de amar de Fromm y la Biblia, de Yahvé.

Este último no por aquello de que en las trincheras y en las cárceles nadie es ateo, sino porque prácticamente la totalidad de las virtudes de la civilización occidental se fundamentan en ella.  Y civilización es algo que se requiere para apaciguar a todos los dragones que habitan el encierro de un penal. Y si usted,  posmoderno lector tiene en la punta del maus alguna objeción, mejor mándeselas a los autores de For the Glory of God: How monotheism led to reformations, science, witch-hunts, and the end of slavery, y de The book that made your World: how the Bible created the soul of Western civilization, quienes seguro participarán con más gusto y eficacia en un bonito debate con usted y sin necesidad de pedir permiso al IFE. Por cierto, en caso de que usted querido y presidenciable lector sea un candidato cumplidor y aventajado en las encuestas, la Biblia no es una novela.  Como tampoco es una novela pos moderna Dicen los arios a dos  leguas, por más que inicie con Almohada y termine en Zoológico. Si esto le ocurre, solo pida que le pasen el telepronter más despacito.

¿Y usted qué libros hubiera regalado? ¿Cuántos pétalos, cuántos versos ha dado hoy? ¿Cuántos dragones ha apaciguado hoy?

2 comments:

Camila Fiori Von Bingen said...
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Camila Fiori Von Bingen said...

¡Amigo! Gracias por compartir, siempre en este día, un poco de tu pasión por el conocimiento. Sin ti, el día de St. Jordi no sería el mismo. Te mando varios pétalos de rosa, aunque te quede a deber el libro. Un beso, Orqui.