Monday, April 21, 2014

Gabriel García Márquez


Algunas realistas, otras más, mágicas, pero ahora resulta que todo el mundo tiene una anécdota con García Márquez. Vamos, que hasta Vargas Llosa.

Si no mal recuerdo en el otoño de 1994 un profe de matemáticas de la Facultad de Ciencias de la UNAM ganó el Premio Universidad Nacional para Jóvenes  Investigadores, algo así como el Valores 
Juveniles, pero del mundo académico, lo cual no le dirá nada a usted cándido lector de este desalmado blog, salvo la otoñal edad de este patriarcal bloguero.

Digamos que se trata de una especie de Pequeños Gigantes de la investigación, pero que a nadie le importa y con un premio bastante más 
modesto. A pesar de ello, y de que juvenil, juvenil ya no era,  el buen profe tuvo a bien invitar a 
sus compañeritos del Consejo Técnico de la Facultad a cenar a un bello restaurante frecuentado por la izquierda latinoamericana y con precios dignos de la ultraderecha.

Esto viene a cuento, peregrino lector, lectora, porque en esas épocas este humilde bloguero era parte de ese Consejo como representante de los alumnos de la Facultad. Yo, por mi parte me hubiera conformado con ir al Kentoky fray Chiken, pero dada la insistencia de nuestro anfitrión, pues el pobre Coronel Sanders no tuvo quien le escribiera una orden de receta secreta.

Total que llegué al restaurante donde la hosstess apunto estuvo de decirnos a mi compañera y a mí que no se permitían vendedores 
ambulantes. Me sentí tan avergonzado que estuve a punto de decir, sólo vine a hablar por teléfono. Por fortuna providencialmente apareció el director de la Facultad, por lo qué el paso franco a la mesa fue directo, es decir, franco. El tapiz de las paredes del pequeño pasillo y las 
escaleras hacia el segundo piso se encontraban tapizados a su vez de fotos de comensales 
anónimos para mí, pero con expresión de estar recibiendo el Nobel de la Paz, o ya de 
perdida un MTV Latino.

El segundo piso me pareció amplio, y salvo nuestra mesa, solo había otra ocupada, al fondo, por un par de tipos en una esquina. El director nos abandonó para ir a la mesa a saludar a aquellos entusiastas del aislamiento.

La nuestra era más grande (la mesa). Mi compañera y yo éramos los últimos en arribar. Mi bendita manía de contar me hizo darme cuenta que al menos no seríamos diecisiete ingleses envenenados en caso de intoxicación. Recuerdo que la carta de alimentos, el menú, lo miraba de un lado a otro, como un pug  en una pelea entre Joe Louis y Jersey Joe Walcott. Me quedé con ojos de perro azul, sin saber que ordenar.

Recuerdo que pedí algo de nombre más o menos 
impronunciable, pero que se escuchaba de índole igualmente intelectual, principal criterio culinario en un restaurante de izquierda. Y 
de hecho fue intelecto lo que me faltó para preguntar qué rayos me iba a comer pues minutos después llegó lo que parecía media pierna de oso servida en banquete medieval bajo la carpa de un circo a mitad del desierto. 


Sin embargo la pena se diluyó rápidamente cuando fue evidente que el resto de estudiantes invitados igualmente habían pedido las cosas más extravagantes, caras e 
impronunciables que pudieron. Eso sí, como un acto de respeto al que iba a pagar, nos acabamos 
todito lo que nos tocó, salvo una compañera que pidió para llevar media docena de 
camarones gigantes que ya no le cupieron y ante los ojotes del mesero que por poco le 
pregunta si quería salsa verde o roja.

Total que cuando el postre llega se acercan los dos tipos que se encontraban en la mesa del 
fondo y se despiden del director de la Facultad sentado a mi izquierda. De inmediato me levanté cortésmente a estrechar la mano de los que llegaban, lo que me permitió mirar 
de frente al más viejo y reconocer algo en él.

Con mi característica agilidad mental 
comencé a repasar imágenes que me dieran una pista de a quién demonios le sonreía y 
estrechaba la mano con mis dedos ligeramente humectados con grasa de oso.

Primero pensé en Omar Sharif, luego pensé en el vocalista de Café Tacuba, y en un instante de clarividencia en Gabriel Quadri. 

En esas estaba, sin 
entender bien a bien lo que pasaba, cuando aparece uno de los meseros con una 
cámara y nos dice, foto, foto… Así que, cual Arabela, de inmediato cambiamos de 
posición y miramos a la cámara, abrazo de por medio, sonrisa deslumbrante, como si fuéramos los grandes cuates de mil parrandas. Finalmente el dúo visitante se retiró, por lo que, ya con las 
manos más limpias,  volví a concentrarme en lo que fuera que se encontrara en mi plato. Sin embargo  fue solo  para enterarme que el tipo al que le dejé el chaleco con aroma de 
suadero era …Gabriel García Márquez!!!  Así es laberíntico y generalista lector, lectora.

El otro sujeto, quien tuvo la higiénica suerte 
de saludarme después de Gabo (la salsa de por medio me da la confianza de llamarle así), fue Werner Herzog, el director de cine.

Literalmente me quedé con ojos de perro azul. En especial porque era jueves, y en el Cine Club de la Facultad de Ciencias se proyectaba “El tambor de hojalata.” Vamos, que la impresión fue tan grande estuve a punto de que se me atragantara una hoja de alcachofa y convertirme en el ahogado menos bello del mundo. Por fortuna, fue solo uno de esos espantos de agosto.


Más o menos un mes después, una investigadora del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM me 
dijo que en el mismo pasillito del restaurante se encontraba una  foto en la que tres tipos 
tenían cara de estar recibiendo, cuando menos, el premio Tv y Novelas.




1 comment:

Miriam Hernández said...

No todos tenemos una anécdota con "Gabo". Sin embargo, siempre hay alguien cercano que sí :) Excelente forma y fondo de contar... divertida y original